Hay goles que ganan partidos y goles que se los quitan a otro. Christ Inao Oulaï marcó en el minuto 87, Reggiana ya pensaba en el viaje de vuelta, y el Palermo se lo llevó todo.
Ya son 11 partidos sin perder. Unos se ganaron y otros se sobrevivieron, pero se está formando una costumbre — y contra las costumbres es contra lo más difícil que se juega en el fútbol.
Notas de los jugadores08/03/2027
Christ Inao Oulaï, 20 años, juega como si llevara aquí una vida: 8.31
Un 8.31 significa una cosa junto al nombre de un futbolista de veintinueve y otra muy distinta junto al de uno de 20. En el estadio nadie necesitó que se lo explicaran.
Tiene 20 años y el estadio ya canta su nombre, algo que les pasa a los chicos de la casa y casi nunca a los fichajes. Todo lo que venga a partir de aquí se medirá contra un cariño que no hizo nada por ganarse salvo ser de aquí.
Pregunte a cualquiera a la salida qué separó a los dos equipos y escuchará un nombre: Christ Inao Oulaï. 1‑0 ante Reggiana, y la ovación final fue sobre todo suya.
18 veces se puso por medio. De los centrales se escribe cuando fallan y se los ignora cuando no, así que una tarde así hay que decirla en voz alta: él es la razón de que el marcador diga lo que dice.
«Me acuerdo de la reunión. Me acuerdo exactamente de lo que se prometió en ella». Puede que Palermo lo recuerde de otra manera, que es precisamente el problema.
5 victorias seguidas cambian cómo calienta el rival: más callado, mirando de reojo. Las rachas se acaban, todo el mundo lo sabe; en este vestuario nadie lo tiene previsto.
Traspaso acordado, contrato acordado, revisión médica con fecha. Niccolò Pierozzi será jugador de otro club este fin de semana, y en Palermo las despedidas han empezado en voz baja.
4 triunfos consecutivos como visitante. Los equipos que ganan fuera suelen saber defender y contragolpear, y la tabla ha empezado a reflejar lo que han dado esos viajes.
500 partidos con la camiseta. Nadie se propone construir un registro así; le ocurre a cierta clase de futbolista en cierta clase de club, y esta ciudad sabe lo que tiene.
Lo último de un traspaso que todavía depende del jugador es su firma en sus propias condiciones, y ya está puesta. Palermo lo ha perdido en todo salvo en el papeleo.
«No tengo nada malo que decir de este sitio. Simplemente necesito estar en otro.» Ya está por escrito, y eso cambia lo que Palermo pueden fingir no haber oído.
Ya son 200 goles con estos colores, cada uno el recuerdo de alguien. En la grada hay un aficionado capaz de decirte dónde estaba en la mayoría de ellos.
A los 23 años lo cantan personas que le doblan la edad, un cariño que un fichaje tarda años en ganarse y que un chaval de la casa recibe por aparecer. También es lo más difícil de sostener que hay en el fútbol.
«Me acuerdo de la reunión. Me acuerdo exactamente de lo que se prometió en ella». Puede que Napoli lo recuerde de otra manera, que es precisamente el problema.
Kevin De Bruyne y un compañero se enzarzaron, y no por fútbol. Las ciudades deportivas son lugares pequeños, y una temporada larga los hace más pequeños todavía.
Todas las ruedas de prensa empiezan y acaban ya igual: con el futuro de Scott McTominay. Al técnico se le han agotado las maneras nuevas de no decir nada.
No se anuncia nunca y se ve del todo: las tardes más grandes de la temporada lo siguen incluyendo. Una tribuna de prensa lo deduce mucho antes de que nadie en el club confirme una sola palabra.
Toca Como, y hay un hombre en el vestuario de Napoli que conoce su ciudad deportiva mejor que la propia. El recibimiento le dirá lo que pensaban de él.
Cedidos16/11/2026
Los goles siguen llegando desde el destierro de Cyril Ngonge
5 goles en 9 partidos en Monza: números que viajan a casa más rápido que él. En Napoli alguien actualiza una hoja de cálculo cada lunes, y cada semana se lee mejor.
«Ya duraba demasiado. Prefiero decirlo a la cara antes que dejarlo ahí.» Diez minutos a puerta cerrada en Napoli, y los dos salieron diciendo que no pasaba nada.
Con 9 apariciones, la media está en 6.89, y los que lo defendieron durante el otoño se lo están pasando en grande. La adaptación es una historia que el fútbol solo cuenta hacia atrás.
«Quiero jugar por títulos mientras las piernas me lo permitan». Nada en esa frase es una petición de traspaso, y nadie en Napoli la escuchó como otra cosa.
«Hay cosas que me han gustado y cosas que estaremos haciendo el martes hasta que salgan». 0‑0, y un entrenador que ya había decidido cómo iba a ser el martes.
Noventa minutos, cero goles, y la discusión empezó antes de vaciarse el aparcamiento: ¿un punto sumado o dos regalados ante Inter? El debate seguirá vivo el jueves.
En toda plantilla hay uno de estos partidos para alguien cada temporada. Este es el de Costantino Favasuli: el club que lo conoció primero, la afición que decidirá en el primer minuto si aplaude, y Napoli necesitando que juegue como si nada de eso importara.
Noventa minutos muy concretos pedían otro tipo de jugador, y el entrenador eligió uno. No está en mala forma y no está en el once, y las dos cosas son ciertas.
En breve
CedidosLos goles siguen llegando desde el destierro de Cyril Ngonge
Una lesión de rodilla de las peores para David Neres
15 días según la estimación, y un año largo, privado y sin glamour de una recuperación que nadie mira. El Napoli pierde a un futbolista; él pierde bastante más que una temporada.
«No tengo nada malo que decir de este sitio. Simplemente necesito estar en otro.» Ya está por escrito, y eso cambia lo que Napoli pueden fingir no haber oído.
Regates completados: 24. Se fue de la gente como si le hubieran dicho que había un premio por hacerlo, y al final el lateral había dejado de fingir que lo intentaba.
Victor Osimhen y un compañero se enzarzaron, y no por fútbol. Las ciudades deportivas son lugares pequeños, y una temporada larga los hace más pequeños todavía.
4 partidos sin perder, y entonces Lazio. Nadie en el estadio fingía que fuera a durar para siempre; nadie esperaba tampoco que se acabara aquí.
El banquillo26/10/2026
La vista desde el banquillo
«Lo analizaremos, aprenderemos de ello y seguiremos adelante». Las tres frases que todo entrenador guarda para una derrota por 0‑1, pronunciadas por Armando Ferri ante una sala que ya las había oído.